“Si es que al final necesitamos estar sometidos a cierta rutina para poder avanzar”. Tal fue la conclusión sacada durante una conversación de mediodía mantenida con mis compis de trabajo la semana pasada. Y tal es la conclusión a la que he llegado yo misma tras darle vueltas y vueltas a mis temas personales. Empezando por este blog. Llevo meses queriendo actualizarlo y años queriendo ser regular y cuidarlo…en vano. Me sobran las ganas pero el impulso y la dedicación me fallan.

Es curioso. No soy una persona vaga. Creo que necesito obligaciones y pautas en muchas ocasiones. No es que me gusten ni que me seduzca la rutina. Simplemente pienso que son necesarias. Lo que más me cuesta es “ponerme a ello”. Ponerme a escribir, levantarme de la cama y salir a la calle un domingo a pasear, auto obligarme a ponerme en pie y arrancar. La peor época de mi vida ha sido mi año de paro. Días sin rumbo, en los que resulta muy cómodo quedarse totalmente inmovilizado. Días en los que las horas pasan tremendamente despacio, noches en vela y falta de cansancio. Los fines de semana y ratos libres no tienen el mismo sabor cuando la semana no viene cargada de trabajo y madrugones. Las vacaciones no son vacaciones cuando no tienen punto final. Ahora he vuelto al trabajo, al fin tengo un puesto de redactora, con sus horarios, su cansancio, sus momentos buenos pero también sus momentos malos. He vuelto a no tener tiempo para mi y llevo unas semanas difíciles y fines de semana “vegetativos” en los que solo me apetece ver tele, charlar con amigos y “pijamear”. Fines de semana con sabor a tranquilidad que se disfrutan por un principal motivo: al día siguiente te toca madrugar.

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